Charles Addams es un humorista gráfico más que conocido gracias a la más popular de sus creaciones:
La familia Addams. Y esto no tanto porque sus viñetas, publicadas en su mayoría originalmente en el prestigioso
The New Yorker, sean especialmente leídas a nivel internacional, sino, como saben, gracias a las múltiples adaptaciones que toman sus personajes como base (de acuerdo a la
Wikipedia, dos series de TV de "imagen real", dos de animación, tres películas y un musical de Broadway). Yo recuerdo haber visto al menos la primera de las películas y unos cuantos episodios de la serie de televisión, y la verdad es que no dejaron precisamente una huella imborrable, por más que las películas sirvieran, entre otras cosas, para iniciar el fetiche de
Christina Ricci.
El caso es que la siempre meritoria editorial Valdemar editó hace un tiempo un volumen recopilando una representativa muestra de las viñetas de
Charles Addams , primero en un lujoso volumen en tapa dura y más tarde en una cómoda -y económica-
edición de bolsillo, que es con la que finalmente me hice. La edición española toma como base el recopilatorio yanqui
The World of Charles Addams, de 1991, y añade un estupendo prólogo de
Óscar Palmer, editor, a la sazón, de Es Pop Ediciones, que también coedita algunos títulos con Valdemar... Se cierra el círculo.
Qué duda cabe de que el sentido del humor de
Charles Addams, fino, agudo, sutil, pero también morboso, cruel, irreverente, ha tenido una influencia difícil de cuantificar pero en todo caso importantísima. Penúltima vuelta de tuerca sobre los lugares comunes del romanticismo, desmitificador pero al tiempo creador de nuevos mitos, Addams compone con una economía de medios -gráficos pero, sobre todo, verbales- envidiable, generalmente con una sola imagen muda o acompañada de unas pocas palabras. Los efectos humorísticos que consigue, sin embargo, son francamente impresionantes, aunque a veces no sabes qué emoción se vuelve dominante, si la hilaridad o el asombro ante el despliegue de inteligencia del autor. Y no siempre resulta obvio, por lo menos para cualquier lector, dónde está "la gracia"... Primero porque en ocasiones hay que atender a detalles sin los que la comprensión del mensaje cómico es nula, y hay que mirar un par de veces la imagen hasta adivinarlo; y segundo porque en algunas viñetas hay un referente externo no especificado que genera el efecto humorístico por contrapunto, y que bien podemos ignorar. Hay, por ejemplo, una genial viñeta muda que muestra a unos charcuteros ejecutando lo que parece un extraño baile envueltos por una ristra interminable de embutidos... Que remeda al grupo escultórico
Laocoonte y sus hijos. O bien una viñeta en la que un par de individuos están sentados sobre sillas de mimbre sobre una especie de palafito instalado en una marisma, con un sol deslumbrante sobre la línea de mar; el texto reza: "Oh, uno se acostumbra a los peces voladores, pero ese maldito amanecer surgiendo como el trueno me está volviendo loco". Si alguno de ustedes por casualidad ha leído
El himno de McAndrew de
Rudyard Kipling, quizá entiendan a qué se refiere el texto de Addams. De todos modos, ni mucho menos siempre es tan rebuscado, y al menos las tiras de la selección suelen ser comprensibles sin tener que recurrir a referentes externos...
Lo que quizá resulte un tanto asombrosa es la popularidad conseguida por la familia Addams, cuyas peripecias ocupan, en realidad, un porcentaje ínfimo de la inmensa producción gráfica de su creador.
Óscar Palmer escribe en la citada introducción: "de sus más de 1.300 chistes para
The New Yorker, no llegan a la treintena los protagonizados por la deliciosamente siniestra familia." El milagro del cine y la televisión, como les decía, son los que han expandido el universo de sus creaciones y han conseguido que sean un referente común por todo el mundo. De todos modos, el potencial ya estaba ahí, en unos personajes absolutamente memorables, en esa familia funcional/disfuncional de sociópatas que viven su condición con un sentido de la cotidianidad y la rutina doméstica desarmante. Una completa inversión de estereotipos cuya crítica sociológica no escapará a ningún lector, un espejo deformante que devuelve una imagen paradójicamente más real de nuestra propia existencia; más real -y perdonen que me ponga pseudopsicoanalítica- en tanto hace emerger aquellas pulsiones necesariamente sublimadas por las exigencias de la convivencia, sin máscaras, convirtiendo aquello prohibido no ya en aquello a traspasar, a transgredir, sino en el "comportamiento por defecto". No hay ritualismos invertidos, no hay éxtasis ni catarsis explosiva, visto
desde dentro; el asombro nos pertenece sólo a nosotros, en tanto que estamos
al otro lado.
Dejando de lado pedanterías y la habitual tornillería floja, vaya desde aquí mi más ferviente recomendación para que se hagan con este libro, si no lo tienen ya. Funcionales o no, los personajes de
Charles Addams les darán un buen baño a su sesera.